Proceso creativo e ilustración

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donQuixote_©2016_ManuMediaoreja

 

Don Quixote, 2016 ©Manu Díez
Ilustración digital en Autodesk Sketchbook Express para Android,
publicada en mi instagram el 23 de abril de 2016.

 

No es extraño escuchar en el gremio frases referidas a nosotros, los ilustradores y diseñadores profesionales, como «qué bien te lo pasas; todo el día haciendo “dibujitos”»; o si no aquella otra –como única manera de resolver un proyecto con una manifiesta carencia de contenidos– «… bueno, luego tú ya le pones unos “dibujitos” y listo»; aunque

lo más irritante sea quizás cuando se imponen cambios (porque para gustos los colores) de forma tan gratuita con un «¿pon eso de otro color… ¿ves?, queda mejor… es que el morado lo tengo atragantado» (que dice el cliente), como si el proceso creativo y artístico, así como el diseño, estuviera supeditado exclusivamente al gusto caprichoso y no se

cimentara en una firme formación previa y unos años de experiencia en campos tan emparentados como la Comunicación visual, los fundamentos del diseño, Teoría del color, Composición, etc., además de unos conocimientos de las técnicas de impresión, entre otros.

 

Y es que esta profesión a veces es bastante ingrata.

 

Sí, amamos lo que hacemos, que es muy distinto de aquello de «pasarlo bien». Amamos nuestra profesión porque, antes que nada, se trata de verdadera vocación: sembrando, cuidando, regando –y a veces podando–, para llegar a lo que hoy somos profesionalmente. Coge a un ilustrador y pregúntale desde cuándo es que se dedica a esto de los lápices, los rotus, las acuarelas, el óleo o los acrílicos… Te dirá que «desde siempre», porque no concebimos, ilustradores y artistas gráficos, una vida sin una cuartilla de papel que garabatear –ahora es una tablet– y donde plasmar todo aquello que nos ronda, nos remueve, etc., a través de un trazo o una pincelada de color, o simplemente como entretenimiento. Pero aunque amemos este Arte y por tanto amemos esta gran profesión, comenzar cada nuevo proyecto de ilustración no es precisamente un camino de rosas. Por lo pronto, se realiza un trabajo previo de documentación, máxime si se trata de un proyecto de ilustración histórica. No es lo mismo estar en el siglo XIII que en un recién estrenado siglo XVII (aunque a muchos les parezca que en ambos se pueda estar hablando de caballeros medievales y doncellas de alzacuellos imposibles cortejadas por trovadores con cantos a laúd o a la viola). En el primero de los casos, época de las cantigas alfonsíes, sí que estamos en plena Edad Media; ya no tanto en el segundo que nos encontramos en el Siglo de Oro (el Barroco para más señas y alejados de esos aires del medievo), en un siglo, apenas comenzado, en que verían la luz las conocidas andanzas de nuestro querido don Quijote. Ambas épocas quedan separadas por 400 años (los mismos 400 años que nos separan hoy de la muerte de su autor) donde ni la indumentaria es parecida, ni lo es la apariencia de las gentes ni la moda de cómo llevar, por ejemplo, un corte de pelo u otro, si la barba sí o la barba no, si el pelo suelto en las mujeres o por contra recogido en fantásticos tocados femeninos, etc. Y es que cuatro siglos dan para mucho y es algo a tener en cuenta.

 

Dejando este tema de no mezclar churras con merinas cuando se trata de recrear el pasado, cuando el proyecto es además literario se hace necesaria una lectura y un estudio exhaustivo del texto para poder distribuir el grueso de las ilustración en aquellos pasajes importantes pero sin restar interés al lector ni hacer spoiler. Yo en este punto soy firme en la máxima: «mejor sugerir que no, desvelar».

Tras llegar a la idea, se nos plantean cosas como el estilo gráfico, si figurado si realista, si abstracto si conceptual (ya veis: es algo más que “hacer dibujitos”); con qué técnica, cuál gama tonal… nada es al azar aunque a veces parezca que sí o nos dejemos llevar por la improvisación (la más de las veces guiada, eso sí, por nuestra propia experiencia y conocimientos artísticos), es decir, «nada es al azar».

Y es que en todo proceso creativo, al igual que en las grandes producciones cinematográficas: hay mucho trabajo detrás que no se ve, pero que sin él nunca se alcanzaría el éxito en el resultado final.

Con ánimo de ilustrar todo este proceso del que venimos hablando, acompaño este artículo con un reciente boceto o apunte rápido con mi particular visión de don Quijote, publicada en mis redes sociales al hilo del cuarto centenario de la muerte de su autor, Miguel de Cerbantes Saavedra (así escribía él mismo su primer apellido, con be).

Las representaciones que se hacen del insigne hidalgo Alonso olvidan que no era tan anciano –apenas rozaba o pasaba la cincuentena– así como un posible y característico prognatismo, que Cerbantes pudo querer reflejar en el sobrenombre (que no apellido familiar) de «Quixada», tal vez en un guiño lingüístico por el tamaño de su ‘quijada’ que a mi con la sola palabra ya se me antoja de pollino y de gran dimensión, y me viene al recuerdo alguna que viera por campos zamoranos, siendo yo un crío (y siempre asociada a la terrible escena de Abel muriendo a manos de su hermano Caín, armado con una quijada de burro). Volviendo al Quijote, en su parte Primera, capítulo I:

«(…) frisava la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión rezia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caça. Quieren dezir que tenía el sobrenombre de Quixada, o Quesada, que en esto ay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben: aunque por conjeturas verosímiles se dexa entender que se llamaba Quexana.

»(…) y al cabo se vino a llamar don Quixote: de donde (como queda dicho) tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia, que sin duda se debía de llamar Quixada, y no Quesada, como otros quisieron decir».

El mismo Cerbantes se retrata en el prólogo a sus Novelas ejemplares (y no es descabellado pensar que en el propio personaje del Quijote quizás hubiera alguna referencia autobiográfica o, cuando menos, a su propia fisonomía):

«(…) de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies».

Tras la etapa de documentación quedan por delante horas de duro trabajo en su desarrollo y realización pero, como decía Michael Ende en su historia interminable, «esa es otra historia para ser contada en otro momento».

 

Manu Díez

Técnico de Artes Plásticas y Diseño en ilustración

@manu.mediaoreja

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